Jorge Mario Beroglio nació en Buenos Aires, Argentina el 17 de diciembre de 1936, hijo de inmigrantes italianos piamonteses: su padre, Mario Bergoglio, era contador, empleado en ferrocarril, mientras que su madre, Regina Sivori, se ocupaba de la casa y de la educación de los cinco hijos.

Fue bautizado durante la noche de Navidad de 1936, en la pila bautismal de la Basílica María Auxiliadora y San Carlos de Buenos Aires, por el sacerdote salesiano Enrique Pozzoli. El 8 de octubre de 1944 hizo su Primera Comunión. En más de una ocasión ha hablado de la importancia de su abuela paterna, Rosa Marguerita Vasallo en su formación en la fe.

Jorge Bergoglio siempre fue un hombre sencillo, austero, de perfil bajo pero enérgica prédica, valiente defensor de la vida desde la concepción hasta la muerte natural, amante de la música, la literatura y como buen argentino, del fútbol.

El Papa Francisco es el primer Papa de América, el primer hispanohablante, el primer jesuita en ser Pontífice y el primero en elegir el nombre del santo de Asís y del gran evangelizador de la Compañía de Jesús, San Francisco Javier

Se graduó como técnico en ingeniería química cuando descubrió el llamado a la vida religiosa y a los 20 años de edad ingresó a la Compañía de Jesús. Completó los estudios de humanidades en Chile y en 1963, al regresar a Argentina, se licenció en filosofía en el Colegio San José, de San Miguel. Entre 1964 y 1965 fue profesor de literatura y psicología en el Colegio de la Inmaculada de Santa Fe y en 1966 enseñó las mismas materias en el Colegio del Salvador en Buenos Aires. De 1967 a 1970 estudió teología en el Colegio San José, y obtuvo la licenciatura.

En su juventud perdió buena parte de un pulmón debido a una enfermedad respiratoria. El 13 de diciembre de 1969 recibió la ordenación sacerdotal de manos del arzobispo Ramón José Castellano. Tenía 33 años.

Frases

El obispo estará a veces delante para indicar el camino y cuidar la esperanza del pueblo, otras veces estará simplemente en medio de todos con su cercanía sencilla y misericordiosa, y en ocasiones deberá caminar detrás del pueblo para ayudar a los rezagados.
Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia.
Así es la esperanza, sorprende y abre horizontes, nos hace soñar lo inimaginable, y lo realiza.
Hay que despertar la palabra, porque cada palabra tiene dentro de sí una chispa de vida y este es el primer deber del comunicador.